¿Te imaginas que tu viaje a Puebla o Chiapas incluyera un menú de tamales de iguana, empanadas y pulque directo en tu ventanilla? Antes de que los aviones y las autopistas nos quitaran el tiempo, viajar en ferrocarril era la verdadera aventura culinaria de México.
Gracias a las fotos de Ferronales y el archivo de Xalapa Antiguo, hoy recordamos esas escenas donde los andenes se convertían en mercados vivientes. En cuanto el tren pitaba y bajaba la velocidad, ¡comenzaba el festín!
De Veracruz a Chiapas: Un mapa de sabores en la ventanilla
Cruzar el estado era como ir de banquete en banquete. Dependiendo de la estación donde se detuviera la “máquina”, el menú cambiaba por completo:
- Ruta Veracruz–Puebla: Aquí mandaban las enchiladas, empanadas de aire y el infaltable pulque para la sed.
- Rumbo al Sur (Chiapas): ¡La cosa se ponía exótica! Aparecía el famoso pollo juchi, los pictes (tamales de elote) y hasta tamales de iguana o chipilín.
- Para el calor: No faltaban las aguas de tamarindo, horchata y el agua de coco bien fría.
¿Cerveza en cubeta? ¡Solo en segunda clase!
El chisme cuenta que en los vagones de segunda la fiesta era mejor. Era común ver a los vendedores con sus cubetas llenas de hielos y cervezas frías para aguantar el viaje. ¡Eso sí era viajar con estilo!
El adiós a los “vendedores de andén”
Hoy esas escenas solo quedan en las fotos de blanco y negro. Con la llegada de los trenes rápidos y luego la desaparición de los pasajeros, nos quedamos solo con el recuerdo de estirar el brazo por la ventanilla para alcanzar una memela de chicharrón o unas lisas saladas.
Xalapa y sus estaciones fueron testigos de esta cultura que alimentó a generaciones de viajeros. Sin duda, el ferrocarril no solo movía gente, ¡movía el alma y el estómago de México!








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